Andaba yo con el síndrome de abstinencia que se tiene a la mañana siguiente de haber disfrutado tanto en un monte
(léase Anayet) , buscando desesperadamente algo para el fin de semana. No, no podía quedarme en casa, pensar en ello me deprimía, así que lo mejor era dedicarme 100% a mis estudios, ir al gimnasio un poco más de la cuenta y listo.
Que gracia, me lo creí!!!. A la que me descuidaba estaba mirando al techo imaginándome en dios sabe donde. Pasaba el día medio distraida en mis pensamientos y hurgando en la red a ver en que lugar podía haber una nieve en condiciones.
Cuando ya consigo calmarme (que remedio) el viernes recibo una llamada. Era Marc preguntando que íbamos a hacer el fin de semana, también tenían ganas de ambientillo. Oí tambores en la calle, o tal vez eran los latidos de mi corazón palpitando trastornado???
Le dije que porque no acercarnos al Algas Norte y merendarnos un 3000??? total sólo eran 1400 metros de desnivel positivo (pensé hacia mis adentros con la esperanza de que no se dieran cuenta y me quitaran esa fantástica idea de la cabeza). Creo que estamos todos un poco mal de lo nuestro.
Sábado por la tarde rumbo al Valle de Tena. Nos reunimos con Marc y Carmina en la entrada de Panticosa, teníamos reserva en el refugio Casa de Piedra. Cenita y a la cama. Me gusta estar en esos lugares, no se que tienen. Me gusta dormirme con el pensamiento de lo que me espera al día siguiente: el esfuerzo, el frío, el cansancio, el lugar........... que paranoya, verdad???
Salimos que aún era de noche. Supimos orientarnos bastante bien, no nos costó mucho encontrar el camino (menuda hay por allí montada!!). El día amanecía despejado pero poco a poco se convirtió en un cielo plomizo, raro.

Empezamos a subir y a subir y a subir y a subir............ algo divino!!!!


Compañeros de fatigas.

Vamos hacia al collado Argualas. Una pala detrás de otra.

En esos momentos en los que avanzo sola me doy cuenta de como se alborotan mis entrañas. Me siento pequeñita y grande. Estoy ahí, oyendo mi respiración agitada.

Contemplar este escenario me perturba. Siento como un latigazo recorrer mi espalda y de repente, toda mi piel erizada.



Ya falta poco para llegar al collado. Las piernas queman.

Y que me quemen me produce placer. Un deleite extraño.

Últimos pasos antes del collado. En ese momento me pregunto: de verdad que me gusta esto?? (momento trascendente conmigo misma)

Aún no hemos llegado. Todavía nos quedan un par de buenas palas antes de la cima.


Conseguidos los 3030 metros aún quedaban 2 por recorrer. Me quedé ahí, mirando. Las piernas me temblaban, la tensión de las horas de ascenso han hecho disminuir mis fuerzas, ni siquiera tengo ganas de pensar. Miro la estrecha arista que me separa del propósito que me llevó ahí arriba. Me quedé ahí, mirando. Fascinada por lo que veía. Y allí me quedé. Satisfecha y recompensada de mi dolorido cuerpo, pero sólo un pensamiento había en mi mente: regresar y no allí arriba precisamente, sino a casa.

Mis compañeros no titubearon tanto.

Ahora ya solo queda la marcha. Guardé unas cuantas fuerzas para ello, aunque no hizo falta, bajamos en un plis!!! no sabía que era tan divertido bajar deslizándose!!

Y así se acaba la historia de ese fin de semana. Y aquí estoy yo otra vez lloriqueando que pasen los días para volver a las andadas.
